Los Pitufos

The Smurfs (Estados Unidos, 2011)
Director: Raja Gosnell
Intérpretes: Neil Patrick Harris, Hank Azaria, Jayma Mays, Sofía Vergara, Katy Perry (voz)
Guión: J. David Stem, David N. Weiss, Jay Scherick, David Ronn
Música: Heitor Pereira
Montaje: Sabrina Plisco
Fotografía: Phil Meheux
Duración: 103 minutos

 

Algo viejo, algo azul

Lo que tenía todas las papeletas para convertirse en otro insulto más a los mitos de toda una generación ha resultado ser un producto enormemente respetuoso con el material en el que se basa, y lo más importante, una película familiar que no hará curvar los dedos de los pies a los adultos que la vean. Para alivio de los muchos nostálgicos -que a pesar de no conformar el grueso de su público objetivo, suponemos un importante porcentaje de la audiencia-, Los Pitufos toma los cómics originales de Peyo y los convierte en la biblia de los guionistas, actualizando la historia convenientemente sin por ello mancillar la creación de Peyo. No en vano, el propio Pierre Culliford (Peyo) aparece incluido en la trama como personaje dentro del mito de los pitufos. Esto, junto al hecho de que la hija de Peyo, Verónique Culliford, haya ejercido de asesora para la película con el fin de mantenerse lo más fiel posible a la visión de su padre, viene a confirmar el sumo respeto con el que se ha tratado la popular creación belga.

Al comienzo de Los Pitufos nos adentramos en la aldea pitufa tal y como la concibió su creador, con su constante ajetreo, sus habitantes adictos al trabajo, de tres manzanas de altura y rebosantes de bondad. Hay referencias al origen de Pitufina -que Donnie Darko se encargó de aclarar para muchos-, la Luna Azul tiene una importancia capital en la historia, aparecen las cigüeñas que usan los pitufos para viajar, los pitufos Cocinero y Goloso, que se fusionaron en un solo pitufo para la serie, regresan en la película. Por todas estas y otras razones, el temor por la desvirtuación de los “suspiritos azules” se disipa en el prólogo, y a pesar de que la historia abandona rápidamente la aldea para adentrarse en las calles de Nueva York, las características de los personajes y su historia se mantienen casi intactas.

Las escasas modificaciones se reducen a la creación de varios pitufos exclusivos para la película -partiendo de notas del propio Peyo- y a las motivaciones de Gárgamel para atrapar a sus odiados pitufos. La inclusión de Valiente, Narrador, Miedoso y Loco es innecesaria, pero bienvenida; al fin y al cabo, nunca conocimos la identidad de los 100 pitufos existentes y podemos fingir que llevan ahí toda la vida. Sin embargo, los cambios sufridos por Gárgamel se justifican teniendo en cuenta la envergadura del proyecto, y obviamente, aludiendo a “los tiempos que corren”. Gárgamel ya no quiere hacer sopa con los pitufos -ni convertirlos en oro, como en la serie-, sino que los necesita para absorber su energía y aumentar su poder mágico -qué mejor motivación que la pura ambición por el poder.

Reconducida hacia el terreno de la comedia neoyorquina buenrollista -Neil Patrick-Harris encajaba en el proyecto desde antes de que existiera-, Los Pitufos cuenta con personajes humanos insulsos y sus correspondientes conflictos de relleno -en este caso, el miedo a la paternidad. No obstante, el simplismo de la película no constituye insulto, como sí ocurre con otros títulos recientes de similar naturaleza como Garfield o Alvin y las ardillas. Las ya señaladas virtudes de Los Pitufos -seriamente amplificadas por esa sensación de “lo mala que podía haber sido”- amortiguan el aparentemente necesario humor escatológico -quizás lo único que traiciona la esencia de los pitufos- y la liviana y predecible historia. A pesar de descargar el peso cómico en estos momentos de vergüenza ajena -protagonizados esencialmente por un Hank Azaria más divertido de lo que cabía esperar-, Los Pitufos cuenta con golpes de absoluta lucidez que ni en cien años habríamos visto en la serie o los cómics, como la referencia al Pitufo Pasivo-Agresivo o el gag sobre el origen de los nombres de los pitufos.

Solo dos aspectos son capaces de empañar realmente la experiencia pitufa: la insoportable cantidad de product placements a lo largo del metraje -el “anuncio” de Guitar Hero es una de las escenas más patéticas de la película- y la obvia manufactura del filme para ser exhibido en 3D, que hace que la mitad de las escenas cuenten con un dinamismo mareante y unos planos difícilmente justificables para 2D (el 3D mató al cine). Con todo, el filme dirigido por Raja Gosnell -responsable de obras magnas como Scooby Doo o Un chihuahua en Beverly Hills– puede alardear de ser algo más que una excusa para vender Happy Meals. Para el que esto escribe -un nostálgico coleccionista y obsesionado con estos seres azules- Los Pitufos ha significado la hora y media de felicidad más pitufa que ha vivido en mucho, mucho tiempo.

Pedro J. García