La boda de mi mejor amiga

Bridesmaids (Estados Unidos, 2011)
Director: Paul Feig
Intérpretes: Kristen Wiig, Maya Rudolph, Rose Byrne, Ellie Kemper, Melissa McCarthy, Chris O’Dowd
Guión: Kristen Wiig, Annie Mumolo
Producción: Judd Apatow, Paul Feig, Kristen Wiig
Música: Michael Andrews
Montaje: William Kerr, Michael L. Sale
Fotografía: Robert D. Yeoman
Duración: 125 minutos

 

Las chicas de rosa

A finales de los noventa, Sexo en Nueva York se alzó como serie abanderada de la mujer contemporánea, una mujer capaz de disfrutar el sexo (y de hablar sobre él) “como si fuera un hombre”. Esta ya rancia premisa sirvió para explorar un nuevo tipo de comedia romántica, a priori alejada de los clichés más gastados del género. Mientras el valor sociológico de Sexo en Nueva York se desvanecía completamente a lo largo de la primera década del siglo XXI, el cine norteamericano se desentendía de esta interesante renovación del género, para centrarse en las comedias masculinas, empeñadas en explorar los lazos afectivos de un género igual de estereotipado. Ya saben, “bros before hoes”. Con Judd Apatow como cabeza visible de esta gran familia de cineastas vinculados a la comedia televisiva, el “código de hermanos” golpeaba la taquilla con fuerza varias veces al año. Lío embarazoso (Knocked Up, 2007), una de las pocas incursiones en la psique femenina por parte de este grupo de comediantes, se saldó con fuertes críticas por abordar el tema desde una perspectiva absolutamente masculina.

Tras un período de receso, Resacón en Las Vegas (The Hangover, 2009) volvía a despertar el interés por la comedia de colegas, y animaba a Apatow a crear una respuesta igual de bruta, pero vestida de rosa: La boda de mi mejor amiga (a partir de aquí usaremos su título original, Bridesmaids, por una simple cuestión de principios). Para no incurrir en (supuestos) errores pasados, Apatow y su best bro, Paul Feig (el director de la cinta), se aseguraron la perspectiva femenina con la colaboración de la actriz de Saturday Night Live, Kristen Wiig. La participación de Wiig, que da vida a la protagonista del filme, se extendía hacia las labores principales de producción y guión, convirtiendo así Bridesmaids en su película. La película de una mujer. No obstante, la actriz es “una de los chicos”, y Bridesmaids no es precisamente un alegato feminista al uso: Annie se rebaja continuamente en su desesperación por encontrar al hombre de su vida y su profesión soñada es hacer pasteles. Lo que pretende Wiig es confirmarnos de primera mano las inquietudes y las neuras de la mujer moderna, naturalizando lo que antaño fueron tópicos insultantes, y dándonos a entender de esta manera que, efectivamente, las mujeres son de Venus y los hombres de Marte. Sin complejos, sustituyendo aquel “Soy una mujer, óyeme rugir” por un más acorde “Soy una mujer, óyeme lloriquear y proclamar mi inestabilidad a lo cuatro vientos”.

Sin embargo en Bridesmaids podemos encontrar un amplio abanico de personalidades femeninas que complementan la visión de la protagonista. La novia y las damas de honor conforman un ecléctico y esperpéntico grupo de mujeres que si bien no contribuyen a promover ningún discurso feminista, vienen a confirmar que la intención de la película está lejos de constituir alegato de nada, y que la idea principal es reírse, de todo, pero principalmente de ellas mismas. Cinco rostros televisivos secundan a Wiig (dentro de poco dejaremos de aclarar la procedencia de los actores en las comedias, porque es obvia): Ellie Kemper (la extraña y adorable Erin en The Office) y Wendi McLendon-Covey son las dos damas de honor de menor presencia. La más joven y la más mayor del grupo respectivamente representan los dos polos opuestos de la vida en matrimonio: la ilusión de la recién casada y el hastío de la madre con hijos. Reducidas a un par de chascarrillos, y abandonadas a mitad de metraje (eso sí, por todo lo alto, con un morreo etílico), ambas representan el aire descentrado de las producciones Apatow. Melissa McCarthy se distancia de su Sookie de Las chicas Gilmore para interpretar el papel más surrealista de la película (con permiso del personaje de Jon Hamm). A ratos acierto, a ratos puro exceso, el personaje de McCarthy nos da los momentos más excéntricos e innecesarios (esa sex tape durante los créditos), pero también los más tiernos (su violenta visita a Annie al final de la película). La vis cómica de Maya Rudolph es desaprovechada en el papel más invisible de Bridesmaids, el de la novia. Aunque brille especialmente en alguna escena junto a la protagonista del filme (Wilson Phillips mediante).

Por último, una inconmensurable Rose Byrne devora todas las escenas en las que aparece, y es capaz de hacer algo de sombra a la
fantástica Wiig. La hilarante dinámica entre ambas es sin lugar a dudas el mayor acierto de la película. La encarnizada lucha por el puesto de mejor amiga de la novia brinda las mejores escenas de Bridesmaids (vaya, ahora el título en español no suena tan mal). En primer lugar, el combate durante el brindis por los novios y poco después, la visita a la tienda para escoger los vestidos de las damas de honor, destacan no solo como impagables lecciones de guión -son secuencias interminables de las que no sobra ni un solo segundo-, sino como pruebas fehacientes de que tanto Wiig com Byrne se merecen una lluvia de premios.

Existe un popular dicho en el negocio del cine que dice algo así como que “es mucho más difícil hacer reír que hacer llorar”. Los cómicos suelen insistir en esto para que el espectador sea consciente del esfuerzo intelectual que en muchas ocasiones supone encontrar el gag o el chiste perfecto. Teniendo esto en cuenta, tras ver Bridesmaids, uno no puede sino tomarse absolutamente en serio esto de hacer comedia. Si tan difícil es hacer reír, ¿cómo nos tomamos entonces que una película logre mantener al espectador en un estado de embriaguez cómica total durante casi todo su metraje? ¿Qué conclusiones sacamos tras habernos reído hasta el dolor de cabeza y estómago ante las locuras de este grupo de mujeres? Bridesmaids no solo consigue divertir enormemente (a pesar de ese montaje incontinente y el ritmo a trompicones que suele empañar la experiencia Apatow), sino que además supone la consagración definitiva del humor norteamericano de la escuela SNL, descubriéndonos la belleza que puede esconder un gag coprófilo de diez minutos.

Pedro J. García