Super 8

Super 8 (Estados Unidos, 2011)
Director: J.J. Abrams
Intérpretes: Joel Courtney, Riley Griffiths, Elle Fanning, Ryan Lee, Gabriel Basso, Zach Mills, Kyle Chandler, Jessica Tuck
Guión: J.J. Abrams
Producción: J.J. Abrams, Bryan Burk, Steven Spielberg
Música: Michael Giacchino
Montaje: Maryann Brandon, Mary Jo Markey
Fotografía: Larry Fong
Duración: 112 minutos

La nostalgia es un error

Las épocas de recesión y crisis producen monstruos cinematográficos más temibles que los sueños de la razón. El gigantesco gorila que secuestraba a Fay Wray no es sino un vástago directo del Crack de 1929. Tampoco podemos olvidarnos de la ingente cantidad de comunistas disfrazados de extraterrestres que poblaron las pantallas estadounidenses durante los años de la Guerra Fría. Una dinámica que debería haberse repetido durante esta primera década de siglo gracias a la crisis mundial que nos atenaza, pero no está siendo así. Estamos viviendo un resurgimiento de las otras dos grandes opciones evasivas: el cine de superhéroes y las películas catastróficas de corte familiar. Hemos podido disfrutar de grandes bodrios y más de un producto medianamente respetable, pero no se ha logrado engendrar al gran monstruo de esta generación. El encanto de un buen ente horrendo que tan pronto se comía una animadora por las piernas como arrasaba una ciudad entera ha desaparecido por completo. Cada poco tiempo siguen llegando nuevos seres, pero ninguno ha venido para quedarse. No tienen trazas de icono, su fecha de caducidad es (en el mejor de los casos) de cuatro semanas después de su estreno.

Tras el Godzilla de pacotilla de Cloverfield, J.J. Abrams intenta redimirse con Super 8. Aunque se empeñe en decir que realmente no es una película de monstruo, uno de los mayores intereses a la hora de ver la película era el descubrir ese “E.T. cabreado” del que se hacían eco las primeras reseñas.  Podemos encontrar el origen de este bicho saltarín en la criatura de The Host (magistral ejercicio cinematográfico y ejemplo de cómo hacer cine de terror hoy en día) y la citada lagartija del espacio exterior de su ópera prima. Pero a diferencia de sus referentes, el alienígena de Super 8 no llega  interesarnos en ningún momento. No queremos saber sus orígenes, ni lo que ha venido a hacer a la Tierra. Nada de eso. Su aportación a la película es nulo (por no tener, no tiene ni nombre). No sería un gran problema si fuese un aspecto secundario de la misma, pero estamos del misterio principal de la cinta.


Pero tampoco podemos echar toda la culpa al ser sin nombre. Abrams lleva muchos años jugando con el espectador al “no mostrar”. El fuera de campo es una de los recursos más comunes para conseguirlo, pero es tan sencillo como peligroso.  No todo el mundo sabe esconder información al espectador y dosificársela durante toda la película. Él lo logró en varias ocasiones en sus serie Lost y en los teasers de Cloverfield, pero no lo consigue en su proyecto más ambicioso. J.J. no es capaz de conseguir un nivel aceptable de tensión en ningún momento de la película. Confunde la sorpresa con los giros de guión más o menos espectaculares (carencia muy común entre los cineastas mediocres) y la sensibilidad con un cóctel de lloros y mohines. Los MacGuffin de este largo resultan ser aún más inútiles que el noventa por ciento de los misterios planteados en la serie de la isla. Tanto los cubos como la película de super-8 aparecen como dos de las  grandes claves al principio del film, para terminar diluyéndose entre otros millones de claves. El “Síndrome Gaga” en todo su esplendor.

Por el momento no he querido hacer referencia a las dos palabras que hicieron que el proyecto Super 8 llamase la atención: Steven Spielberg. Uno de los pocos magos del cine que ha sabido plasmar en la gran pantalla un concepto tan abstracto como es la infancia. No es necesario repasar sus logros como director o como productor, sobre todo si no queremos llorar después de ver esta película. El regusto ochentero que intenta conseguir Abrams es una nueva muestra de su artificialidad. Es una verdadera desgracia que su verdadera marca de autor termine siendo los fuegos de artificio. Nada en Abrams es real (realidad cinematográfica, obviamente), todo es plástico. Sus personajes no son capaces de conmover al espectador en ningún momento. Se dan la mano en el momento en que se tienen que dar la mano y lloran cuando tienen que llorar. Todo revestido de una frialdad extrema. Los niños de la película resultan ser uno de los peores casting infantiles de los últimos tiempos (a la altura del tándem formado por la niña del bragapañal y los niños gordos de 2012). No sólo sus roles son extremadamente planos, sino que su carisma es inexistente. No debería extrañarnos el carrusel de candidaturas a los Razzie para el triángulo amoroso Joel Courtney – Riley Griffits – Elle Fanning. Intenta resucitar a los Coreys en una historia de aventuras, extraterrestres, conspiraciones y el descubrimiento del amor. Los mejores ingredientes para la consecución de un clásico. El drama es que el resultado no se acerca lo más mínimo. El mero hecho de citar a Los Goonies ante este espanto debería estar penado.

 David Lastra