13 asesinos


Jûsan-nin no Shikoku (Japón, 2010)
Director: Takashi Miike
Intérpretes: Kôji Yakusho, Takayuki Yamada, Yûsuke Iseya, Gorô Inagaki, Masachika Ichimura, Mikijiro Hira, Hiroki Matsukata, Ikki Sawamura, Tsuyoshi Ihar
Guión: Daisuke Tengan, basado en el guión de Kaneo Ikegami
Producción: Takashi Hirajô, Minami Ichikaw
Música: Kôji End
Montaje: Kenji Yamashita
Fotografía: Nobuyasu Kita
Duración: 126 minutos

1 maestro

Lo primero que hay que hacer es dar un gran aplauso a la empresa que se ha atrevido a estrenar en salas una película de Takashi Miike. Después de 5 años desde que llegara a los cines Llamada perdida, por fin el nipón consigue traer a las salas españolas una película por tercera vez. Este dato podría no ser importante, pero teniendo en cuenta que entre aquella película de 2003 y 13 Asesinos ha hecho veinte filmes más, es algo a celebrar.

Lo segundo es dejar de sorprenderse. A estas alturas el maestro japonés ya ha demostrado que puede con todo y con todos. Él es cine y por tanto está mucho más allá de las barreras que imponen los géneros, incluso el de samuráis, un tipo de cine muy cerrado tradicionalmente. Por todo ello hay que ver en la medida de lo posible esta 13 asesinos como una película de su autor para disfrutarla en su totalidad.

El director deja que la película se empape de elementos que con normalidad están prohibidos en el género y consigue que sea todo mucho más humano. Así, cuando en la mayoría de películas clásicas vemos personajes fríos y casi robóticos que actúan siguiendo unas normas, en 13 asesinos hay las justas dosis de absurdo y de concesión al ser humano como para que se sientan más cercanos. Es cierto que este tipo de películas siempre han transmitido muy bien lo que es el código samurai, la importancia de la lealtad a los clanes, pero esta en concreto además consigue poner frente al espectador unos fuertes lazos familiares y de amistad entre cada individuo.

El mejor ejemplo de contaminación del cine de samuráis en esta película es el personaje del último miembro en unirse al grupo. Al principio parece ser solo un comic relief que va a aportar un poco más de absurdo al conjunto de la película, pero luego se revela como el auténtico intruso en la fórmula samurái. En la batalla final no sigue ninguna orden, utiliza una honda para dar pedradas a los numerosos adversarios, y finalmente se recupera milagrosamente después de una muerte casi segura. Escapa totalmente al código, pero es aceptado de pleno por sus 12 compañeros de guerra. Como punto de vista exterior, termina reflexionando sobre las vidas de los demás samuráis y sobre el cine de género comentándole al otro superviviente lo aburrida que le resulta ese tipo de vidas, por lo que prefiere seguir buscando al amor de su vida.

La película triunfa también a nivel técnico. Un primer tramo iluminado casi exclusivamente con la sucia luz de unas pocas velas llega a provocar una angustia difícil de soportar. La cumbre de esta sensación es la escena en la que se descubre a la joven amputada de brazos, piernas y lengua (¿quién no pensó en ese momento en el “hombre del saco” de Audition, la obra maestra de Miike?). En ese momento ya estaba más que claro que no estamos ante una película llena de colores, cámaras lentas y pétalos de rosa flotantes.

El director sigue acompañando sus películas con la música de Kôji Endô, que tan buenos resultados le ha dado en películas como Audition o Dead or Alive. La banda sonora es irregular aunque contiene pasajes bellísimos con solo unos pocos instrumentos de cuerda. Es uno de los elementos que ayuda a ese primer tramo a alcanzar esa violenta crudeza, pero a medida que la película avanza hacia la gran lucha final se torna más plana y previsible, se adapta más a la tendencia actual en películas épicas.

Se ha hablado tanto de esos últimos 40 minutos de batalla que corría el riesgo de no cumplir mis expectativas. Nada más lejos de la realidad. No solo está Takashi Miike en 13 asesinos, la labor de artesanía que hay en ese pueblo que supone la última parada de muchos samuráis es exquisita. Hay que saber crear para saber destruir, y los decorados están cuidados al máximo y estudiados al milímetro. A la hora de la lucha cuerpo a cuerpo esto no provoca en ningún momento la sensación de que estamos viendo un baile coreografiado, pues tanto el poblado como la batalla están vivos y Miike va paseando la cámara a su antojo. Por ello no hay una violencia tan explícita como en otras de sus películas, porque sucede sin más, y a veces entra en cámara y otras no (de nuevo posible auto-guiño, esta vez al exagerado y digital cuerpo cortado por la mitad de Ichi the Killer, aquí mucho más sutil).

Takashi Miike ya ha dicho que no se está acomodando en ningún género, que no está volviéndose más clásico por hacer dos películas de samuráis seguidas. Esperemos que sea así, pero si todas llegaran al nivel de perfección de 13 asesinos, tampoco tendría mucho que objetar.