Arrietty y el mundo de los diminutos

Kari-gurashi no Arietti (Japón, 2010)
Director: Hiromasa Yonebayashi
Guión: Hayao Miyazaki, Keiko Niwa
Producción: Toshio Suzuki
Música: Cécile Corbel
Montaje: Rie Matsuhara
Fotografía: Atsushi Okui
Duración: 94 minutos

Si escuchas de cerca…

Algún que otro niño, otras tantas niñas y un buen puñado de zangolotinos (nos nos engañemos, estos últimos somos el verdadero target de Ghibli en España) hemos acudido religiosamente a las salas de cine para ver la nueva obra de arte del estudio nipón… y podemos afirmar rotundamente que la experiencia ha sido plenamente satisfactoria.

En un primer momento, debemos dejar bien claro que no estamos ante una obra menor. La película de Yonebayashi no tiene nada que envidiar a sus predecesoras más laureadas. Es muy probable que no consiga nunca el status de culto de La princesa Mononoke El viaje de Chihiro, ni mucho menos se convertirá en la imagen del estudio como Totoro, pero de lo que sí que estamos seguros es que Ghibli ha conseguido con Arrietty una de sus obras más emotivas. Al decir emotiva, no hablamos de una historia de amor al uso, sino de un encuentro infantil. En este tipo de relaciones preadolescentes prima más la fascinación que la pulsión sexual y así han sabido mostrarlo Yonebayashi y Miyazaki. Recrear el mundo de la infancia es tarea difícil y la mayor parte de las veces se comete el error de convertir a los menores en adultos en miniatura. Tanto Arrietty como Shô se encuentran arrebatados el uno del otro. Se miran, se hablan y realizan el acto de amor por excelencia: protegerse el uno al otro. En ningún momento llegará el beso. Los niños no se dan besos, se dan dedales.

El verdadero poder (y uno de los flancos por los que presumiblemente sea criticada) es la ausencia de un drama real. El conflicto es algo secundario en Arrietty, casi inexistente. Aunque exista un viaje iniciático, este no tendrá tanta importancia como en NausicäaChihiro  o Ponyo. La visita a la cocina no es sino una presentación del día a día de un diminuto: las incursiones. Tampoco existe la figura de un malvado. La pobre Haru no es sino presa de su propia excitación al haber vuelto a ver a las personitas tantos años después. Estos dos aspectos (y el citado tratamiento sentimental) relacionan claramente a este film con la forma de tratar el tiempo de la imaginación en la maravillosa Susurros del corazón.

Si bien a estas alturas alabar los aspectos artísticos de una película Ghibli podría parecer una pérdida de tiempo, no podemos sino volver a caer rendidos ante el orgasmo visual que nos vuelven a regalar. Desde las minúsculas gotas de lluvia sobre las hojas de hiedra a los inmensos cielos azules, gatos gordos y bichos-bola. Increíble. Por si esto fuera poco, esta Arrietty no es solamente la más bella de todas las féminas que han encarnado el personaje de Mary Norton, sino que es posiblement el personaje más bello engendrado por la factoría nipona. Todas sus facciones y gestos son incontestablemente perfectos. Solamente su cabello (especialmente suelto), justifica el precio de la entrada.

Otro de los mayores logros de la película (por no decir el mayor), es la utilización de los efectos sonoros. La perfecta elección e integración de los mismos hace que nos sintamos como un miembro más de los Clock. Oímos como ellos oyen, pero sin caer en un hiperrealismo extremo que podría haber sido contraproducente. Una genialidad cercana a la perfecta amalgama sonora de Bienvenidos a Belleville.

David Lastra