La decepción de la finale de Doctor Who

Ayer, 1 de octubre, se emitió la finale de la sexta temporada de Doctor Who. Y fue la experiencia más decepcionante que he vivido en mucho tiempo.

Pongámonos en antecedentes: la serie se estrenó originalmente en 1963, obteniendo un éxito considerable en Reino Unido durante más de 20 años, pero siendo bastante desconocida para el público internacional. Después de un parón, en 2005 volvió con el subtítulo “The new series”, y las nuevas tecnologías le fueron dando la posibilidad de llegar al público de todos los países. Aún así, se trataba de una serie para un público muy concreto, que poco a poco se fue ampliando hasta que, aproximadamente con la llegada de la quinta temporada de la nueva serie, llegó a tener por fin verdadera importancia internacional.

Steven Moffat, exterminador de Doctor Who

El creador de la serie (hablamos ya de la de 2005), Russell T. Davies, había dejado el proyecto, que pasó a manos de quien había guionizado los capítulos con mayor éxito en las cuatro temporadas anteriores, Steven Moffat. Esto, en teoría, debía llevar a la serie al éxito, pero tras una quinta temporada magistral, Moffat pasó de ser el creador de nuestras más terribles pesadillas a convertirse en un simple fan de la serie que se alimenta de las temporadas anteriores y se dedica a hacer guiños a los demás fans sin espacio para crear nada nuevo.

La sexta temporada ha consistido en repetir las frases “the girl who waited”, “fish fingers and custard” y “jammie dodgers” aleatoriamente, unidas por tramas en muchas ocasiones carentes de interés, demasiado enrevesadas y solucionadas de una forma absurdamente sencilla, que no se corresponde con la complejidad del resto del episodio. Echando la vista atrás, no me importaría borrar de mi vida esta sexta temporada, salvando el capítulo The Doctor’s wife, a pesar de que también incluye (como todos) esas innecesarias autorreferencias.

Así, llegamos a una finale en la que se resuelven misterios que para nadie eran ya ningún misterio, se lía al personal hasta que dejan de importarle los líos, se soluciona todo en un momento, y se acaba, como debe ser, con un cliffhanger: la pregunta que estamos esperando desde hace tiempo. La pregunta más básica, escondida a plena luz. La pregunta que hará que caiga el silencio. Tanto hype por la preguntita nos hace pensar que por muy buena que sea, nunca va a cumplir las expectativas. Eso debió pensarlo Moffat, y decidió que, como no podía crear la pregunta perfecta para los miles de espectadores ansiosos, crearía la pregunta más idiota que nos puede dar. Al por fin conocerla, no pude dejar de pensar en las primeras temporadas de la serie antigua, que siempre he considerado más cutres aún en guion que en producción (que ya es decir), y tuve la certeza de que si los guionistas de entonces vieran lo que Moffat ha hecho, le obligarían por unanimidad a devolver su destornillador sónico y su papel psíquico, y le desterrarían del mundo whovian sin pensárselo dos veces.

Creo que ya he creado yo también el suficiente hype con la pregunta para quienes no hayan visto el capitulito. Pero le tengo cariño a mi destornillador, así que mejor no la digo. De nada.